CARLOS BLANCO ARTERO:
LA PINTURA COMO HORIZONTE DE REALIDAD
Pedro A. Cruz Sánchez

La pintura de Carlos Blanco Artero respira en un ecosistema muy particular, conformado por las enseñanzas de la modernidad –y, más concretamente, de las vanguardias. Frente a las derivas de la “pospintura” y de las fórmulas híbridas que surgen de ella, Carlos Blanco plantea una reivindicación de la “pintura-pintura” vanguardista que restituye el valor otorgado durante el modernismo a lo pictórico: forma, color y bidimensionalidad. Si hubiera que identificar un territorio en el que la obra de Carlos Blanco se asienta y hunde sus raíces, éste, indudablemente, no es otro que el del cubismo sintético. Para la historia de la pintura española del siglo XX, el cubismo sintético constituye algo más que un periodo específico de las vanguardias o, incluso, una fórmula estética que citar. Por mor de la influencia gigantesca ejercida por Picasso, la síntesis cubista ha pasado a formar parte del acervo más genuino de la pintura española tanto antes como después de la Guerra Civil. La descomposición de la figura en unos pocos planos reconocibles de carácter geométrico sirvió de contrapeso o “filtro atemperador” para un expresionismo al que, por otra parte, jamás se renunció. De hecho, el cubismo sintético no supuso sino un recurso lingüístico orientado a aplacar el fragor emocional intrínsecamente vinculado a la identidad artística española.


    En la obra de Carlos Blanco, este equilibrio entre una matriz racional y un estallido expresionista se convierte en el eje estructurador de cada pieza. A partir de una imagen específica –basada en datos empíricos o simplemente imaginada-, el autor opera un proceso de descomposición en el que se suele priorizar un “módulo” que se repite con ligeras variaciones por toda la superficie pictórica. A través del color y de una sutil labor de sombreado que se aplica en el interior de cada plano, Blanco incorpora un componente sensorial que rompe con la lógica más austera de la descomposición cubista. Al “ganar cuerpo”, los diferentes planos introducen un efecto de ilusionismo que potencia la relación directa entre la representación y la realidad. Pero –subráyese este extremo- aunque la trama de sombreados urdida por Carlos Blanco en cada obra busca reintroducir a ésta en la calidez de lo tridimensional, en ningún momento se transgrede la norma modernista de la superficie pictórica bidimensional. Una de las grandes cualidades de su pintura es, no en vano, vertebrar cada composición a partir de esta fructífera tensión entre una “abstracción ilusionista” y un insuperable plano pictórico de representación. 


    A la hora de cartografiar la génesis de esta doble naturaleza de su pintura –la racional y la expresiva, la cubista y la sensorial-, Carlos Blanco hace referencia a una doble influencia: la de los pintores norteamericanos George Condo y Cy Tombly. Del primero, indudablemente, permanece la huella de sus rostros descompuestos en pequeños planos geométricos; del segundo, en cambio, absorbe ese lirismo que circula por sus lienzos en forma de amplios y elegantes gestos que atraviesan sin restricciones la superficie pictórica. Pero, más allá de estas influencias reconocidas, la obra de Blanco adensa las enseñanzas de la mejor pintura de vanguardias: el Picasso del “entorno” del Guernica se manifiesta en algunos trabajos; las composiciones tubulares de un Fernand Léger se hacen audibles a la manera de un sostenido murmullo de fondo; y las construcciones geométricas de Feininger y Oskar Schlemmer asoman como un bagaje perfectamente sedimentado. 


    Todas las creaciones de Carlos Blanco se articulan como una gestión de distancias. A partir de un título descriptivo que fija el horizonte de lo real, sus pinturas juegan a establecer una distancia con el mundo de lo fenoménico. Los parámetros de los que se vale para determinar la magnitud de este “alejamiento” saltan a la vista: evitar, de un lado, cualquier tipo de correlación visual directa entre ambos niveles de experiencia; y mantener, de otro, una relación poética con la imagen matriz. Aquello que el espectador se encuentra cuando observa cualquiera de sus cuadros son realidades al borde de la desaparición. Lo que queda de ellas es un “rumor”, una “intuición” de presencia que se arma y desarma al mismo tiempo entre la estructura de planos. Blanco deja al espectador un amplio margen para la imaginación y, por ende, para la reconstrucción libre y subjetiva de las “realidades alejadas”. De esta manera, cada lectura de las obras es única y proporcionadora de un resultado diferente e irrepetible. Carlos Blanco nos muestra un horizonte de realidad, y el espectador recorre la distancia visual que lo separa de él de modos completamente particulares.