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OTRA FORMA DE MIRAR
EN TORNO A LA PINTURA DE CARLOS BLANCO ARTERO
Fernando Castro Flórez

Leonardo da Vinci advirtió que la pintura no está viva en sí, “más sin tener vida, da expresión de objetos vivos” (Tratado de Pintura, parágrafo 372). Se trata de poner ante los ojos, evocar en su plasticidad una dinámica de lo vivo. A diferencia de la lengua, la imagen dispone de la capacidad de perpetuar aparentemente el movimiento y, con ello, mantener “con vida” los cuerpos representados por ella. “Esta conclusión tiene su fundamento –advierte Hors Bredekamp en su Teoría del acto icónico- en el hecho de que, en el punto matemático que define el paso de la nada a la línea y que produce con su movimiento la construcción de la pintura, están unidos inacción y sucesión, lo inmaterial y lo material. El punto inmaterial es, en tanto que fundamento de la pintura, el elemento de una transgresión permanente que lleva más allá de sí misma hacia su contrario, ofreciendo en esta dinámica la base de esa cualidad arrebatadora que captura al observador. Es exigente, porque, viniendo de la nada, llena lo infinito como polo opuesto y de ahí extrae su inagotable viveza”. La pintura de Carlos Blanco Artero está atravesada, sin ningún género de dudas, por un intenso vitalismo en un fascinante juego de formas que pone en movimiento la imaginación del espectador. 


Carlos Blanco Artero ha reconocido que su estética está influenciada por artistas como Picabia, Richter, Bacon o Saura, haciendo que dialoguen de forma extraordinaria figuración y abstracción, retomando la herencia tanto del cubismo cuanto del expresionismo abstracto. Lejos de una codificación ortodoxa de la “tradición moderna”, consigue articular un planteamiento propio con una exquisita técnica pictórica y una gran capacidad para modular temáticas que principalmente aluden al deseo, a la pasión corporal o a la seducción que produce la mujer. Si en una obra como Zumbao (2021) es fácilmente reconocible un rostro esquematizado o grotesco con la dentadura “desencajada” y un solo ojo “desquiciado” en una obra anterior Violinist (2015) la huella del instrumento musical es irreconocible y lo que vemos son formas curvas que tienen algo de “puzle irresuelto”. Un tono lúdico, una suerte de “comedia del arte” dinamiza este imaginario en el que puede aparecer una Gogo (2021) que baila sobre un pódium cilíndrico con tacones que ponen su cuerpo al límite de la caída estrepitoso o también puede convertirse en protagonista un alemán borracho en un cuadro del 2020 en el que los elementos del rostro están desbaratados.  


No podemos olvidar la importancia, en sentido general, de la abstracción en el siglo veinte. “La pintura –apunta W.J.T. Mitchell- ha sido siempre el medio fetiche de la historia del arte, como la poesía lo ha sido de la historia de la literatura y el cine de los estudios de medios. Y la pintura abstracta moderna ha sido el objeto fetiche de la historia de la pintura, el estilo específico, el género o la tradición (la dificultad de ponerle un nombre es parte de la cuestión) en el que se supone que la pintura encuentra su naturaleza esencial. Clement Greenberg lo expresó de forma más elocuente cuando declaró que el artista abstracto está tan “absorto en los problemas de su medio” que excluye cualquier otra consideración”. En la trayectoria de Carlos Blanco Artero algunas de sus obras más logradas completan la dinámica abstracta como es ejemplar en Checkmate (2023) un cuadro de gran formato (235x235 cm.) que alude, obviamente, al juego del ajedrez, pero en el que no necesitamos “identificar” las piezas ni el tablero. 
A propósito de la constitución inextricable de la trama en la pintura, Yves-Alain Bois recordaba los "laberintos trenzados" de los collages de Mondrian. El devenir-visible del lugar-pictórico manifiesta algo así como la eficacia de su envés o más bien el entrelazado produce una labilidad de los planos. Carlos. Blanco Artero asume la planitud modernista de la pintura y, al mismo tiempo, introduce una sensación de misteriosa espacialidad, una sensación de movimiento interno en el cuadro o, incluso sinestésicamente, podemos hablar de musicalidad. No es casual que este artista disfrute interpretando piezas de Debussy que pone a dialogar con sus pasiones pictóricas.


Carlos Blanco Artero ha entendido perfectamente las cualidades (cromáticas) del material sensible de la pintura. La suya es una de las pinturas más lúcidas que puedan darse, aunque no excluyan la “conciencia desgarrada”, pensando siempre en la constitución de lo visible como advenimiento del color, como una materia que es, valga la paradoja, tan densa cuanto sutil. Tendríamos que volver a pensar el color, en términos aristotélicos, como potencia (vehículo de la visibilidad) que existe en el límite de los cuerpos. Las pulsiones cromáticas son complejas, aunque, en el caso de este pintor, advertimos una impresionante capacidad para combinar sin estridencias los colores en ritmos sensuales, evitando la rutina del monocromatismo y sin caer tampoco en estridencias. Sin duda, hay que reivindicar, frente a una estética tan madura e intensa, la palabra voluptuosidad, transformando el “jaque mate” en una partida que, gozosamente, no termina nunca.


En el cuadro en el que capta a Isa (2019) la dinámica metamórfica de rostredad, en el sentido deleuziano, se focaliza en un ojo que es casi “hiperrealista”. Los afectos y el deseo trenzan este lúdico modo de proceder pictórico en el que figuración y abstracción no son antagónicos, dejando de lado cualquier aproximación anecdótica. Flaubert decía que el primer propósito del arte era hacer que vieras (faire voir) y después hacerte soñar (faire rêver); el autor de Las afinidades electivas le confió a los Goncourt que cuando escribía una novela, el argumento era menos importante que el deseo de darle un color, un tono. El pintor –afirmó categóricamente Merleau-Ponty-, cualquiera que sea, mientras pinta practica una teoría mágica de la visión: las cosas pasan directamente al espíritu y éste sale por los ojos para irse a pasear a lo concreto. El elogio de lo visible parece desafiar a todos los que pretender cercar el mundo con palabras. La pintura abre corporalmente el mundo, nos hace, en todos los sentidos, videntes. Carlos Blanco Artero da a ver un “mate” cuasi-cubista en el que, por parodiar la fórmula picassiana, encuentra lo que busca: los planos cromáticos blancos grises o negros juegan con formas cilíndricas o esféricas, llevándonos a través de la superficie a sentir una topografía sensual. En Checkpoint, que recuerda aquellos paisajes surrealistas de Yves Tanguy y también remite a la concepción festiva de la pintura de Francis Picabia, se mantiene una amplia “zona” (en la parte superior derecha) aparentemente vacía, aunque podemos sugerir que está ocupada o recorrida por nuestra mirada. Acaso tengamos que contemplar los cuadros de este apasionado pintor no tanto buscando un sentido cuanto disfrutando de un impulso lúdico, sin miedo a perder el rostro, buscando otra forma de mirar. 

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